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El proceso de la atención

La individualización de la intervención es una característica central en todo el proceso de rehabilitación psicosocial. Para asegurar esta atención de calidad, se inicia la atención procurando un enganche adecuado con la persona (fase de trabajo previo) y de este modo asegurar una buena evaluación en un clima de confianza (fase de evaluación). La intervención en rehabilitación psicosocial debe partir siempre de una evaluación exhaustiva de la historia y el presente del sujeto, donde se estudie el nivel premórbido, la sintomatología actual que puede interferir en el proceso de rehabilitación, así como los déficit y capacidades en cada una de las diversas áreas del sujeto: capacidades cognitivas, conciencia de enfermedad, psicomotricidad, autocontrol, autocuidados y actividades de la vida diaria, integración comunitaria, actividades de ocio, habilidades sociales y red social, área familiar, ...

Ya en este momento todo el equipo está comprometido en cada caso, pues cada miembro del equipo cuenta con datos que pueden resultar de vital interés para la evaluación, que es coordinada por el “psicólogo-tutor”. Una vez presentada la evaluación se diseña el Plan Individualizado de Rehabilitación (PIR) que es acordado entre el propio interesado y el psicólogo-tutor así como con la familia y se presenta al equipo asistencial. Desde este momento comienza la fase de intervención que se articula a tra¬vés de un proceso individualizado que combina, por un lado, el entrenamiento y desarrollo de las habilidades y competencias que cada persona requiere para funcionar efectivamente en la comu¬nidad; y por otro lado, actuaciones sobre el ambiente que incluyen desde psicoeducación y asesoramiento a las familias hasta el des¬arrollo de soportes sociales destinados a ofrecer los apoyos nece¬sarios para compensar o fortalecer el nivel de funcionamiento psi¬cosocial del enfermo mental crónico (Liberman, 1993).

L
a fase de intervención es el grueso de todo el proceso y se asienta sobre cuatro grandes patas:

  • Tutorías. Se realizan con el psicólogo-tutor y en ellas se hace un seguimiento y análisis conjuntamente con el usuario de todo su proceso de rehabilitación. Además se realizan intervenciones puntuales que dotan a la persona de estrategias efectivas de afrontamiento ante los problemas que pueden aparecer a lo largo del proceso.
  • Apoyo a las familias. Principalmente el psicólogo y la trabajadora social mantienen contactos frecuentes para que, manteniendo la debida confidencialidad de la información, se pueda llegar a un trabajo coordinado entre el centro, el usuario y la familia. Se les asesora en el afrontamiento de problemas en la relación con su familiar enfermo, se pretende producir un cambio en la emoción expresada familiar cuando éste es necesario y se les apoya en las múltiples gestiones que deben realizar. Además se les ofrece la participación en una Escuela de familias que cada año se realiza con grupos de unas cinco familias y donde se les ofrece información acerca de la enfermedad, de su tratamiento, de las nociones básicas del control de contingencias dotándoles de las habilidades necesarias de comunicación para poder llegar a acuerdos y, si es necesario a realizar contratos conductuales, etc...
  • Programas de rehabilitación . El elevado número de programas de rehabilitación de los que se dispone, permite ofrecer un abanico muy extenso de caminos para conseguir los objetivos propuestos en el PIR. Se trata de elegir conjuntamente, usuario y psicólogo tutor, aquellos programas de rehabilitación (medios) que aseguren el cumplimiento de los objetivos (fines) del modo más eficiente. No todos los usuarios pasan por todos los programas sino sólo por aquellos que se consideran oportunos. Seguidamente se describe en una tabla los programas terapéuticos que se están llevando a cabo en el centro así como qué profesional se encarga principalmente de su ejecución y una breve descripción del objetivo.
  • Programas de soporte . Estos programas no pretenden conseguir objetivos específicos sino más el objetivo general de ofrecer a las personas un espacio donde poder reunirse con otros usuarios (apoyo y red social), ocupar el tiempo libre cuando no se disponen de recursos más normalizados, facilitar el seguimiento de usuarios incluso una vez dados de alta del recurso de forma que se asegure el mantenimiento de los objetivos conseguidos durante la intervención.

Por último se mantiene la fase de seguimiento que pretende asegurar los objetivos conseguidos y ofrecer al usuario un soporte más allá de la fase de intervención. En definitiva se está hablando de personas con enfermedades mentales crónicas que necesitan un apoyo a muy largo plazo. Aunque algunas personas consiguen mantener una independencia absoluta del centro, lo cierto es que la mayoría necesitan un apoyo más frecuente ya que su integración plena en la comunidad es complicada. En este sentido se les ofrece la posibilidad de seguir acudiendo a los diversos programas de soporte que se realizan y a sesiones de tutorías que se van espaciando en el tiempo a menos que aparezcan indicios de descompensación, momento en el que se ofrece al usuario un apoyo más frecuente e intenso, contemplándose la posibilidad de incorporarse de nuevo al proceso de rehabilitación durante un tiempo. De este modo se asegura la disminución o incluso la desaparición de nuevos ingresos psiquiátricos y el consiguiente ahorro tanto económico como social e individual (Fernández, 1999).